Paradigmas en el siglo XXI

reflexión crítica y prospectiva

La nueva lucha de clases

Las señales amplificadas de un profundo cambio de ciclo en la historia social de la humanidad contemporánea, parecen ser demasiado fuertes y evidentes en estas dos primeras décadas del siglo XXI, como para desconocerlas y como para ignorar sus fundamentos, causas y consecuencias.

 Escribe proféticamente Eduardo Galeano en “El libro de los abrazos”: “…sueñan las pulgas con comprarse un perro, y sueñan los nadies con salir de pobres…”

 Aún así, como en las clásicas tragedias griegas, la Historia ciega a quienes no quieren ver.

 Este ensayo pretende analizar desde una perspectiva crítica sociológica y politológica el curso global de la historia contemporánea y propone una reflexión intelectual, política e ideológica abierta en torno al fenómeno de la lucha de clases, pero sin olvidar a esos millones de “nadies” que pueblan nuestras ciudades y campos, que sueñan con salir de la pobreza y vivir en dignidad.

 Manuel Luis Rodríguez U.

 Punta Arenas, Magallanes (Patagonia sin represas), verano de 2012.

Leer el ensayo aquí:

LA NUEVA LUCHA DE CLASES

La crisis de los paradigmas del cambio

PREFACIO.

Si hay un tópico que se repite en el plano académico y en la esfera política en el reciente primer decenio del siglo xxi, es el del cambio. 

Todos los actores políticos y sociales, los medios y el campo académico especialmente desde el ámbito de las Ciencias Sociales, parecen girar más o menos cerca y en torno a la cuestión del cambio, tanto entendido como una necesidad imperiosa asumida por unos y otros, y también como un proceso  y tendencia que tiene lugar en la sociedad contemporánea.

Afirmamos que si la percepción del mundo social implica un acto de construcción simbólica y relacional que se manifiesta de un modo práctico mas allá de las representaciones mentales y sobre la base de un sentido más o menos agudo de la posición que cada uno y que cada actor social tiene en el espacio social, entonces también la idea y la puesta en práctica de la acción histórica que conduce o puede conducir al cambio social, implica también un agudo sentido de la realidad sociopolítica y del grado de exasperación colectiva que empuja hacia la movilización.

El cambio social como fenómeno colectivo complejo e histórico ocurre sobre y a partir de la movilización y activación de un conjunto de recursos, de factores y de actores con vocación histórica.

Podría afirmarse la paradoja que en medio de los profundos cambios sociales, tecnológicos, políticos y culturales que tienen lugar desde la fase final del siglo xx y el inicio del siglo xxi y cuyo contexto se ha denominado como la globalización o mundialización, es precisamente el tópico del cambio el problema central que se instala en el debate público, en la academia y en el espacio público, pero al mismo tiempo es un tópico cuyo significado epistemológico y hasta semántico parece haber ido perdiendo relevancia, profundidad y valor.

Asistimos a la crisis de los paradigmas del cambio, especialmente de aquellos proyectos globales de cambio social que movieron el mundo durante los siglos xix y xx, entendido este como un conjunto de transformaciones observables en el tiempo y que afecta de una manera continua y duradera a la estructura social y/o al modo de funcionamiento de la sociedad y del Estado y que modifica el curso de su historia.

Nuestro propósito aquí es desarrollar un conjunto de categorías de análisis sociológicas, geopolíticas y politológicas desde una perspectiva multidisciplinaria y prospectiva, para intentar comprender e interpretar los procesos de cambio social en curso, a partir de algunas premisas teórico-conceptuales: la primera, que para comprender los cambios en curso necesitamos centrarnos principalmente en el ser social, en las prácticas sociales, en los imaginarios colectivos.

Manuel Luis Rodríguez U., cientista político y sociólogo

Punta Arenas, Magallanes, primavera/verano de 2011.

LA CRISIS DE LOS PARADIGMAS DEL CAMBIO

Una (in) tranquila sabiduría

El encuentro reciente con mi antiguo profesor del Institut d’Etudes Sociales de Lyon (Francia), Bernard Husson, en el curso de una visita especial que hizo a Magallanes para encontrarse con su antiguo alumno, es un punto de convergencia que me da la ocasión para reflexionar acerca de la función académica y el rol de los intelectuales en el mundo de hoy.

Podría incluso hacer abstracción del ciclo vital que se cerró con esta visita, cuando el profesor viene a la universidad donde hace clases su alumno, para recordar que la universidad, como todo espacio educativo y formativo es un lugar amplio y universal de encuentro entre el saber que se aprende, el saber que se busca y el saber que se enseña

En cada uno de los intensos dialogos que tuvimos Bernard y yo, nunca pude despojarme de mi actitud de escucha y de aprendizaje…como que nunca he dejado de ser su discípulo y como si mi maestro nunca hubiese terminado de enseñarme. 

La función académica y del intelectual en el convulsionado mundo de hoy se encuentra alrededor de a lo menos tres nudos o focos de tensión: 1° la creación, producción y transmisión de conocimientos; 2° el desarrollo incesante de una reflexión teórica y teórico-práctica acerca de la realidad actual y 3° la constitución de una conciencia crítica que apunte desde el presente hacia los nuevos horizontes del futuro.  La ecuación pasado-presente-futuro aparece aquí integrada en el quehacer del intelectual que, como académico, puede contribuir más o menos eficazmente a los procesos educativos y a la formación y desarrollo de la ciencia, y en este caso, de las Ciencias Sociales.

Creo que encontré en mi antiguo profesor la misma tranquila sabiduría del que sabe y no dice que sabe, del que entiende y nos hace entender, del que trata de comprender y de explicar y nos enseña a comprender y explicar, del que enseña abriendo ventanas al saber, del que no impone sus conocimientos por la fuerza visible del curriculum, sino por la potencia invisible del saber construido en base al estudio constante y sistemático y a una permanente decantación de la experiencia.    Desde esta perspectiva, el que sabe, en realidad no sabe, solo va hacia el saber sin alcanzarlo nunca completamente, como si el conocimiento fuera una infinita escalera en la que cada peldaño apunta hacia el peldaño siguiente por alcanzar.

Aunque parece que voy  en dirección de esa tranquila sabiduría de mi profesor,  en realidad sigo un camino diferente: el de la intranquila sabiduría.

Porque se nos ha dado la oportunidad existencial de saber, nuestro deber es saber para seguir intranquilos frente a la realidad que nos golpea, nos indigna y nos cuestiona.  Porque se supone que sabemos, no podemos conformarnos en la tranquilidad del que sabe, porque la desigualdad, la injusticia, la miseria, la ignorancia, la intolerancia y la inequidad nos interpelan a la intranquilidad.

Demás está decir que en el mundo de hoy, la función del intelectual y del académico aparece “venida a menos” ante el predominio casi absoluto de una mentalidad mercantil, competitiva, individualista y materialista, que tiende a desvalorar la producción de conocimiento y de reflexión en nombre de la obsecuencia, del silencio y de la prescindencia, y hasta de la supuesta intangibilidad de la ciencia frente a los intensos acontecimientos de la vida cotidiana y social. No es ni puede ser función del intelectual situarse en una esfera aislada y superior, “en nombre de la ciencia”, frente a los procesos sociales y culturales de cambio que tienen lugar a nuestro alrededor.

Ni la Sociología ni la Ciencia Política, ni las Ciencias Sociales ni la Metodología de la Investigación pueden aparecer como altos edificios cerrados donde los intelectuales especulan y crean saberes, mientras “ven pasar por la ventana” los incesantes acontecimientos de la realidad. Por el contrario la ciencia es una herramienta para cuestionar los saberes “definitivos”, las certezas intocables y las racionalidades absolutas.  

Así como la misión estratégica del conocimiento y de la ciencia es la de contribuir a develar las estructuras mentales, simbólicas y materiales de la realidad, la tarea fundamental de la Ciencia Política y de la Sociología, sigue siendo la de aportar interpretaciones, explicaciones y análisis críticos de las estructuras simbólicas y materiales de dominación y de alienación y la de contribuir a empujar hacia el futuro -con las lecciones, aprendizajes, avances y errores del pasado- para superar esas estructuras y transformar la sociedad y la cultura.  El conocimiento es parte del movimiento.

La vocación esencial del intelectual y del académico en el mundo globalizado de hoy, podría resumirse en dos paradigmas insoslayables e interrelacionados: la necesidad de construir conocimientos que permitan conocer y cambiar el orden de cosas existentes, a partir de un pensamiento crítico; y la necesidad de asumir la complejidad de la realidad para intentar develar los mecanismos profundos y las estructuras fundamentales del orden de cosas existentes.  El saber y el conocimiento, llevados hasta sus límites siempre superables, pueden cumplir una misión funcional o una misión crítica ante la realidad y es el intelectual el que debe resolver moralmente en sí mismo este dilema implícito en la diaria tarea de la ciencia y de la academia. 

Aún en esta enorme tarea, el intelectual y académico está siempre llamado a la humildad del aprendizaje, a la sobriedad de sus afirmaciones y a la precariedad temporal de sus hallazgos.

La ética de la ciencia opera en la implacable dialéctica de conocer para cuestionar y de cuestionar para saber.

Nuestra misión en la enseñanza, cualquiera sea la forma, el lugar y la plataforma dónde ésta tenga lugar, es apuntar a la excelencia académica, al rigor de la ciencia en la construcción del conocimiento, a facilitar al alumno que aprenda a ser, a estudiar y a aprender, a partir del despliegue de sus propias potencialidades y de un horizonte de pensamiento que le abra las puertas de todos los futuros posibles. 

Sabemos para enseñar y enseñamos para saber.

Manuel Luis Rodríguez U.

Una, dos, tres, varias izquierdas

Contribuciones para una reflexión crítica sobre las divisiones de la izquierda en el Chile de hoy.

Tenemos una enorme tarea por delante, siempre inconclusa, siempre duradera, siempre estratégica.

Las elecciones de los estudiantes de la FECH ha puesto de manifiesto una vez más las históricas divisiones y tensiones al interior de la izquierda chilena, de las izquierdas, para ser mas precisos. Nunca ha existido en Chile una sola izquierda, sino, en realidad y a lo largo de casi un siglo de trayectoria, ha existido y a veces coexistido un universo variado y colorido de distintas corrientes, grupos, partidos y movimientos que se reclaman de izquierda, con diferentes grados de arraigo social. El triunfo de los sectores más anti-partidos y el ascenso de las tendencias anarquistas en el seno del movimiento estudiantil y juvenil en las universidades y en el movimiento social (como lo vemos hoy en la FECH y en otros referentes estudiantiles), plantea serias interrogantes y desafíos para la izquierda.

La tarea es el movimiento, pero el movimiento se mueve con unidad, con reconocimiento de la diversidad, de que no hay centros hegemónicos, de que la pluralidad enriquece cuando funciona unida y de que el futuro depende de la capacidad de articularse, de entenderse, de construir juntos movimiento ciudadano y político para empujar los cambios estructurales que el país reclama.

Pero, ¿a quién sirve y ha servido la división casi interminable de grupos, corrientes y tendencias dentro de la izquierda? A la derecha. Punto.

No sería necesario subrayar que el reciente incremento de las tendencias anti-partido y las corrientes anarquistas dentro del campo juvenil y estudiantil, serán un significativo factor adicional en el incremento y la continuación de las manifestaciones sociales durante el año 2012, año de elecciones municipales. La postura política e ideológica contraria a los partidos -con frecuencia adversa a todos los partidos políticos sin distinción- se nutre tanto de grupos y sectores “independientes” que esconden su apego neoliberal y su inclinación derechista o conservadora, como de segmentos de dirigentes que recurren al anticomunismo primario, al discurso contestatario por el discurso contestatario, sin ser portadores de propuestas definidas y constructivas.

2012 no será un año tranquilo. Sobre todo, cuando el rechazo al proyecto de desmunicipalización del gobierno es casi generalizado y que la principal demanda de los estudiantes de los liceos es precisamente terminar con la administración municipal de sus establecimientos y esta demanda sigue pendiente. 2012, año de elecciones municipales, no será un año tranquilo.

Al mismo tiempo, no dejamos de observar que la palabrería ultraizquierdista puede ser un poderoso aliciente para los extremismos derechistas o neonazis, como lo ha demostrado la historia con dramática frecuencia. La enfermedad infantil del izquierdismo, adornada con el discurso anti-partidos termina sirviendo a los que desde el bando conservador, agudizan la represión, nutren los populismos irresponsables, alientan la defensa del orden y las “líneas duras”.

A la hora del recuento del año, resultará que la izquierda en Chile -aún dentro de su a veces desesperante diversidad- está adquiriendo un protagonismo político, institucional y social que no se había visto en las recientes tres décadas en el país y que fue anticipada por la primera vuelta de la elección presidencial pasada. La tarea de articular, de coordinar, de fortalecer el movimiento social y ciudadano con las fuerzas políticas de la izquierda sigue siendo uno de los grandes desafíos a construir. El movimiento social ha dado una potente lección este año 2011, pero está claro que los movimientos sociales sin fuerzas políticas no conducen hacia los cambios de fondo.

Sobre todo si entendemos que la perspectiva posible de un gobierno de nuevo tipo para Chile, mucho más progresista que la propia verborrea progresista que hemos visto desmentida por los hechos, dependerá de una muy amplia y contundente convergencia de partidos políticos y movimientos sociales, tal como ocurrió exitosamente en Ecuador, en Uruguay, en Paraguay, en Brasil.

Manuel Luis Rodríguez U.

Este articulo aparece publicado también en el periódico electrónico DIARIO RED DIGITAL:

http://www.diarioreddigital.cl/index.php?option=com_content&view=article&id=5692:una-dos-tres-varias-izquierdas&catid=128:debate&Itemid=102

El Estado en el siglo xxi: reflexiones y conceptos para un nuevo paradigma

En los inicios del siglo xxi, asistimos a una serie de manifestaciones, expresiones ciudadanas y estudios académicos que nos señalan mediante diversas señales e índices, la crisis ideológica y política del modelo de Estado subsidiario y neoliberal que se había propugnado en los últimos dos decenios del siglo pasado, como un paradigma estatal inamovible, único y definitivo.

La desmistificación del Estado liberal de mercado, vino tanto desde la creciente incapacidad del propio aparato estatal para responder a las demandas ciudadanas en medio de un notorio cambio socio-cultural, como del propio sistema económico con el que aquel se articula (en una formación socio-política histórica características), cuya crisis puso al descubierto que si ayer el Estado era presentado como el problema del subdesarrollo o del bajo crecimiento, hoy se constata que es el mercado el orígen del atraso y de las desigualdades sociales y económicas.

La crisis económica y financiera global en la que está sumida el sistema-planeta completo desde 2008 en adelante, ha puesto en entredicho el paradigma del Estado subsidiario neoliberal, como lo analizamos en nuestro artículo “El Estado de después de la crisis: vida, pasión y muerte de un paradigma”: http://paradygmas.blog.com/2009/09/30/el-estado-de-despues-de-la-crisis-vida-pasion-y-muerte-de-un-paradigma/

La noción ideológica de un Estado prescindente, subsidiario y ausente de la actividad productiva, ha hecho posible que el mercado se convierta en el eje central del proceso económico, en el criterio central de distribución de los beneficios e ingresos y en la lógica que aseguraría la igualdad, la justicia y la libertad para todos los ciudadanos. En el dilema Estado-mercado, el péndulo de la historia en los recientes tres decenios, llevó a la cuasi desaparición de servicios y empresas públicas a manos de gobiernos liberales y de políticas privatizadoras cuyo efecto principal -aunque no el único- ha sido ahondar las brechas sociales, culturales, de género y territoriales.

La problemática del Estado regresa entonces a la Ciencia Política contemporánea como una interpelación acerca de la eficacia y de los efectos sociales, políticos e institucionales de un tipo histórico de Estado.

Avanzamos entonces en estos primeros decenios del siglo xxi hacia una matriz socio-política y estatal en que se replantean totalmente los pilares conceptuales e ideológicos del Estado y del orden político. Aquel Estado subsidiario del siglo xx, entregado casi ciego y a manos atadas a la voracidad depredadora, y a la lógica conquistadora y excluyente de las fuerzas del mercado, no solo no puede seguir gobernando eficazmente las democracias instaladas bajo su alero ideológico, sino que la ciudadanía, no acepta y se resiste cada vez más a legitimar un orden político-institucional opaco, cerrado, vertical, piramidal, burocrático y centralizado.

Ha llegado la hora de las funerales del viejo Estado y ha sonado el tiempo en que por distintos caminos, por distintos senderos nacionales y regionales, las sociedades se darán el tiempo y la razón para construir un nuevo Estado.

OTRO ESTADO: NUEVOS PATRONES CONCEPTUALES DE REFERENCIA

Es posible otro Estado, en el que los ciudadanos ejerzan la plenitud de sus derechos y de sus deberes, en un contexto en que las identidades, los territorios y los grupos sociales tienen accesos y oportunidades para expresarse y para ver traducidas sus aspiraciones en políticas.

La gran transición que atravesarán los sistemas políticos en los siguientes decenios del siglo xxi será desde un Estado que fué convertido en “gerencia política del mercado”, a un Estado transformado en órgano de poder y participación de la ciudadanía. Se trata en general de pasar desde un Estado democrático predominantemente representativo a un Estado predominantemente participativo, a una república de los ciudadanos.

Para ello postulamos una reflexión orientada a conceptualizar un nuevo paradigma de Estado, en función de un conjunto de conceptos.

La calidad social

Condición de excelencia del servicio público y de sus prestaciones, en términos de que por encima de la rentabilidad económica y prespuestaria, se impone la solución de los problemas, la satisfacción del ciudadano y la resolutividad del servicio.

La eficiencia satisfactoria

La eficiencia del servicio público no es solamente hacer lo máximo posible con el mínimo de recursos, sino que se hace necesario pasar a un concepto en que la eficiencia del servicio y de la función pública esté directamente asociada con el grado de satisfacción-insatisfacción del ciudadano-usuario. El punto de partida y el punto final del servicio público y del Estado como administración, es el ciudadano y la respuesta satisfactoria que ambos brindan a sus necesidades y demandas.

La contraloría ciudadana

Un nuevo Estado supone una nueva forma de ciudadanía.

Se trata de pasar desde una ciudadanía pasiva a una ciudadanía que se involucra y que controla al Estado y la administración, a lo largo de todo el proceso administrativo. Ciudadanos que se informan, que disponen de información suficiente y transparente y que controlan organizada y socialmente todos los aspectos del ejercicio de la función pública.

La participación decisoria

Un nuevo Estado supone romper con la lógica clientelistica del Estado que informa a los ciudadanos pero que no los deja participar en los procesos de toma de decisiones, o que circunscribe la consulta a ambitos territoriales y sociales restringidos.

La participación decisoria implica la intervención y el involucramiento de los ciudadanos organizados en los procesos de toma de decisiones, lo que modifica en profundidad el concepto y el ejercicio de la función pública.

El servicio situacional y multifuncional

Un Estado moderno creemos que supone que el servicio público puede orientarse hacia una modalidad de funcionamiento y de ejercicio de la función pública, orientada al ciudadano-beneficiario de un modo situacional, es decir, ubicado espacial y temporalmente allí donde los problemas se manifiestan y donde las necesidades sociales lo requieren y conforme a lógicas administrativas multifuncionales, de manera que el servicio público sea realizado por equipos provenientes de distintos servicios cuya interdependencia hace posible una resolución más eficiente y rápida de los problemas y demandas ciudadanas.

La accesibilidad resolutiva

En un contexto sociocultural caracterizado por la creciente incorporación de las TICs a los procesos sociales y políticos y por una socialización cada vez mas masiva de los lenguajes computacionales e informacionales, creemos que la electronización de servicios, funciones, productos y bienes provenientes del Estado y los servicios, puede contribuir a facilitar una accesibilidad resolutiva de los ciudadanos.

Entendemos accesibilidad resolutiva como el concepto de servicio público directo e interactivo en que el ciudadano encuentra una respuesta eficaz y una resolución objetiva de sus demandas y necesidades.

Manuel Luis Rodríguez U.

El hombre unidimensional – Sesenta años después

PROLOGO

Este ensayo presenta un análisis crítico desde una perspectiva multidisciplinaria, de las teorías de Herbert Marcuse vigentes en los años sesenta del siglo xx, especialmente de su libro “El hombre unidimensional”, al tiempo que se examina su actualidad y pertinencia. Marcuse se manifestó como uno de los principales teóricos e ideólogos que inspiraron las manifestaciones estudantiles de Mayo de 1968 en Francia, en Alemania, en Italia, en Estados Unidos y en numerosas naciones del Tercer Mundo.  A su vez también, las revueltas estudiantiles de fines de los sesenta, articuladas en Occidente con la revolución hippie, coincidieron con la primavera de Praga en 1969.

¿Es Marcuse un precursor de los procesos de cambio históricos de la segunda mitad del siglo XX?  ¿Cuál es el grado de actualidad que tienen hoy sus posturas críticas contra la dominación capitalista?  

Manuel Luis Rodríguez U.

Punta Arenas, Magallanes (Patagonia sin represas), primavera de 2011.

INTRODUCCIÓN

En 1954 vio la luz en Boston el libro “One-dimensional man” (El hombre unidimensional) de Herbert Marcuse,  sin saber que una década más tarde se convertiría en una de las chispas intelectuales que encendería las facultades universitarias y las barricadas de calles en numerosos países occidentales y del bloque socialista.

Una lectura crítica de esta obra de Marcuse, nos permite re-interpretar sus conceptos principales, a la luz de los cambios sociales, políticos y tecnológicos sucedidos en la segunda mitad del siglo xx, mutaciones que alcanzan la primera década del siglo xxi recién transcurrida. Sustentamos la hipótesis que la actualidad de Marcuse se apoya precisamente en la profundidad de su interpretación del capitalismo moderno y su poderosa capacidad de adaptarse a los cambios que el mismo sistema produce. 

I.  LAS TRES TESIS BÁSICAS DE MARCUSE

Marcuse, situado en la perspectiva crítica de la Escuela de Francfort, postulaba entonces que el universo político, social e ideológico de la sociedad industrializada (el libro se refiere en primer lugar a la sociedad estadounidense), se constituye en un mundo cerrado y total, que permite incluso disidencias y rebeliones, pero que no ofrecen salida fuera del sistema capitalista desde el cual surgen.

Tres son las tesis que sustentaba Marcuse en esta obra:

1° la idea que el orden capitalista ha conseguido construir un mundo material y simbólico semicerrado y totalizador que impone a todos los individuos una visión única de la realidad;

2° el concepto que el capitalismo funciona como una poderosa maquinaria mercantilista productora de necesidades artificiales, que atrapa todas las utopías y los deseos y los convierte en necesidades y en productos, es decir, la cosificación de las personas y los objetos; y

3° la idea que el cambio social o sea la revolución, a lo menos en las sociedades desarrolladas del capitalismo moderno, no se producirá por la clase obrera (por su arraigo y compromiso con el propio sistema productivo) sino por otros actores sociales marginales y más conscientes de su lugar subordinado. 

II.  LA CRITICA A LA SOCIEDAD OPULENTA

Desde el punto de vista ideológico y político, la crítica central de Marcuse apuntaba a un sistema económico y tecnológico de industrialización, que convierte al ser humano en un esclavo de las máquinas, en un sujeto dependiente de la tecnología, convirtiendo sus necesidades en deseos de consumo, sublimando sus sueños en la compra de bienes y servicios dentro del orden capitalista que lo mantiene atrapado, con frecuencia sin saberlo.  No cabe dudas que la crítica formulada en contra del productivismo competitivo, apunta también sobre el sistema socialista soviético, por entonces vigente en la mitad oriental de Europa.

Pero la crítica de Marcuse contra el capitalismo dominante es fundamentalmente ideológica, es decir, se dirige a la consciencia de los individuos, cuando dice: 

“Su promesa suprema es una vida cada vez mas confortable para un numero cada vez mayor de gentes que, en un sentido estricto, no pueden imaginar un universo del discurso y de la acción cualitativamente diferente, porque la capacidad de contener y manipular los esfuerzos y la imaginación subversivos es una parte integral de la sociedad dada.” (Marcuse, H.: El hombre unidimensional.  Barcelona, 1968. Seix Barral, p. 54)

La punta de lanza ideológica de esta normalización de los individuos al interior del sistema capitalista, es la Administración convertida en ciencia de la rentabilización de la producción: de la producción de materiales, de servicios y de personas. La administración no opera solo como una ciencia del control y de la regimentación de los individuos dentro del trabajo, sino también como una estructura “racional” de dominación y control y como una ideología legitimadora del orden capitalista que se impone a los individuos al interior de la vida laboral y que repercute sobre la vida doméstica y la salud mental de cada uno. 

 Lo que es falso en el materialismo capitalista no es el materialismo en cuanto inclinación a las cosas, sino que dicho materialismo oculta y encubre una falta de libertad y un fetichismo total por la mercancía, tal como lo anticipaba Marx en El Capital.   La satisfacción de las necesidades de consumo se convierte en el patrón decisivo y significativo del éxito y de la realización individual.

Lo que acusa Marcuse es que la mercancía (es decir, todas las mercancías que presenta el mercado), se han convertido en fetiches que ocultan la verdadera realidad que representan, una realidad desigual que se nos oculta cuando concurrimos al mercado.  En palabras de Marx:

Por el contrario, la forma de mercancía y la relación de valor entre los productos del trabajo en que dicha forma [89] se representa, no tienen absolutamente nada que ver con la naturaleza física de los mismos ni con las relaciones, propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para los hombres,la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquéllos.” (Marx, C.: El Capital. Cap.I. La mercancía.  El fetichismo de la mercanía y su secreto. México, 2000. FCE. p. 37)

La cosificación de los objetos es la alienación de las personas antes las cosas, pero ésta cosificación oculta la diferencia social que existe entre los productores de las cosas. 

Pero al mismo tiempo, en la sociedad capitalista -observamos nosotros- subyace y se despliega una ideología de la competencia, un elogio constante y un uso intensivo desde la escuela y el liceo, de una mentalidad competitiva, que procura que todo individuo esté permanentemente en competencia contra los demás y consigo mismo, en competencia por vencer, por predominar, por llegar primero, por alcanzar el éxito.  Se trata de un verdadero darwinismo social instalado en las mentes de las personas.  Este espíritu competitivo destruye sentimientos, relaciones humanas, instintos y sentimientos, en aras de obtener una ventaja, un puesto, un cargo, un producto, un lugar, un triunfo.

Marcuse contrapone al orden capitalista dominante la fuerza del amor, de los sentimientos no sublimados y de los valores estéticos, criticando de paso y formulando…

“… la negación del heroismo, de la fuerza provocadora, de la brutalidad de la productividad acumuladora de trabajo, de la violación comercial de la naturaleza…” (Marcuse, op. cit, p. 10).

En el orden de la sociedad dominante, Marcuse ve un sistema cerrado y aunque confía en la rebelión de los jóvenes (única reserva generacional no contaminada por el mercantilismo), asume que su rebelión instintiva y política necesita de un poder material. 

III.  LA CRÍTICA DE LA CRÍTICA

Marcuse sitúa su reflexión crítica en una perspectiva que cuestiona a las fuerzas políticas y sociales del cambio situadas dentro del campo de la izquierda y del mrxismo.  Marcuse, cuya identidad filosófica le permitió ser parte de la Oficina de Asuntos Estratégicos en EEUU durante la II Guerra Mundial, se posiciona en un punto equidistante entre la “vieja izquierda” y la “nueva izquierda”, señalando que lo que distingue a una de otra, es la desconfianza generalizada hacia las ideologías (hacia todas las ideologías), es la ausencia de una definición de clase en su postura filosófica y política y en su condición de intelectual confrontado ante el mundo social y obrero.

Habría que subrayar aquí que la crítica radical contra todas las ideologías, contiene oculta, una crítica a las ideologías revolucionarias, a las ideologías que proponen el cambio social del sistema dominante, del mismo modo como la crítica anti-ideológica anticipa la crítica a la política y  los políticos, de la que son portadores ciertos políticos.

A su vez, la crítica a la razón administrativa, no es todavía una crítica a la razón misma, como mitad incompleta de la existencia humana, cercenada del sentimiento, de las emociones, de la naturaleza y de la humanidad integral.

Por lo tanto, la crítica de Marcuse al capitalismo se produce y se manifiesta como una teoría crítica socialmente situada dentro de las capas intelectuales de la sociedad, desde las clases medias, portadoras por lo tanto, de una profunda distancia respecto de la realidad de los trabajadores, es decir, de quienes producen la riqueza social y económica.  Los problemas centrales del capitalismo que percibe Marcuse, no son los problemas centrales que viven los trabajadores, los empleados, los obreros, sino que se situan en la esfera del segmento más intelectualizado y mediatizado de la fuerza laboral. 

De allí que la crítica de Marcuse a la sociedad capitalista no parte desde los fundamentos socio-económicos y materiales del modo de producción capitalista y del modelo de desarrollo capitalista, sino desde sus efectos nocivos en la esfera ideológica, cultural, simbólica.  Marcuse parte desde la superestructura ideológica y cultural para tratar de entender la base económica de una formación social determinada.

Las “fuerzas de la negación” que propone Marcuse sin embargo, no están en la clase trabajadora, no están en la fuerza laboral de la que depende la producción material y simbólica en la sociedad actual, sino en los segmentos sociales más desheredados y marginados.  La clase trabajadora se ha integrado en el sistema capitalista volviéndose acomodaticia y aburguesada, luego las fuerzas del cambio según Marcuse no están en los trabajadores sino en los intelectuales, en los marginados, en los jóvenes, es decir en sectores y categorías sociales que no participan directamente de los procesos productivos.

Marcuse pertenece a los cincuenta y los sesenta, pero al tiempo que su crítica al capitalismo moderno contiene ideas pertinentes y justas, no encaja completamente con el período de cambios sociales post-modernos que caracteriza a las primeras décadas del siglo xxi.   Los cambios tecnológicos, sociales y políticos ocurridos en estos recientes decenios impactan sobre el trabajo, la educación, la economía y los intercambios, ampliando la esfera geográfica y la escala de los procesos productivos y de intercambio y modificando el universo material y simbólico de los individuos, acentuando la alienación y la indignación colectiva, agravando el control social y subjetivo y su dependencia de las tecnologías. 

La época de Marcuse era de la guerra fría; la época contemporánea del segundo decenio del siglo xxi es el tiempo de las grandes crisis planetarias: energética, alimentaria, financiera, ecológica, ocasionadas por la expansión desenfrenada del capitalismo pre y post-industrial frente a las cuales la conciencia global y la ciudadanía planetaria todavía no termina de constituirse.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Bidet, J.: Refundación del marxismo. Explicación y reconstrucción de El Capital. Santiago, 2007.  Ed. LOM.

Larrain, J.: El concepto de ideología.  Vol. I. Santiago, 2007.  Ed. LOM.

Mallet, S.: Marcuse ante sus críticos.  México, 1970.  Edit. Grijalbo.

Marcuse, H.: El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología en la sociedad industrial avanzada. Barcelona, 1970.  Edit. Seix Barral.

Marx, C.: El Capital.  Crítica de la Economía Política.  Vol. I.  México, 2000. Edit. Fondo de Cultura Económica.

Poulantzas, N.: Pouvoir politique et classes sociales de l’Etat capitaliste.  Paris, 1968.  Ed. F. Maspero.

El corazón de la palabra

En el centro de la razón se encuentra la palabra, la expresión comunicativa y reflexiva que acontece -en su infinita diversidad simbólica- desde las profundidades del sentimiento y del intelecto.  Allí mismo donde surge emocionante la maravilla de la primera palabra balbuceada por el niño que aprende a caminar y a ser, allí mismo se derrumba el cielo de las certezas con el grito angustiado del indignado sin respuestas y se alumbra el verbo incandescente del enamorado cabalgando en los versos de su mejor poesía.

La palabra distingue al ser humano, como sello escrito y como profunda marca oral y gestual de su distinta naturaleza.  El que habla instala, el que relata cuenta, el que cuenta cautiva, el que susurra sugiere, el que dice propone y el que argumenta despliega.  La palabra funciona como una promesa siempre posible del cerebro y la razón, y actúa como una chispa del sentimiento y la emoción, para que el auditor entienda y sienta.  Cuando yo digo, tu dices a continuación de lo que digo y enriqueces mis palabras, con la riqueza posible de tus palabras dirigidas a enriquecer mis palabras, que digo para enriquecer las palabras que dices.  Así mis palabras forman y entrelazan sus valores y significados con tus palabras, formando la vivencia comunicacional y significante más humana del ser.

La palabra es una construcción de la razón sensible, es un edificio inconcluso del sentimiento razonado, es una posibilidad abierta, un pasillo único en dirección de las recónditas profundidades del ser humano, en su estado comunicacional y vital actual. En cada palabra está depositada toda la carga de humanidad que cada uno lleva.

Háblame en silencio para que yo habite tus sueños; háblame en voz alta para que tus ecos reboten en mi y los puedas oir resonando.

La palabra que escribo parece funcionar como una silenciosa flecha dirigida al corazón de tu razón y a la profundidad de tus sentimientos. Y en mi escritura entrego mis palabras -que en realidad no son competamente mías- y al escribir doy y regalo palabras, para que regresen algún día desde ti palabras más grandes y anchas que las que yo te escribi, palabras que en definitiva tampoco son completamente tuyas.

Si la palabra se encuentra depositada en el centro de la razón y en la profundidad del sentimiento, el diálogo es la forma humana de revestir a la palabra de la razón que la funda.  La comunicación humana entrelaza significados y contiene innumerables potencialidades polisémicas, porque tiene un carácter constitutivo y constituyente: por la palabra el humano se distinguió del animal y por la palabra debe aprender a respetarlo. 

La palabra es y puede ser -en su forma moderna- una puesta en escena, un dispositivo razonador y resonante, un aparato de poder, una fuerza disolvente o constructiva, una herramienta provocadora del cambio, un disparo desestabilizador de las certezas y las creencias, un puñal linguistico asestado en el centro de la mentira, del silencio y de la censura, un signo revelador de las lealtades y verbo sustantivo de la verdad.

Por la palabra aprehendemos, aprendemos y capturamos la fuerza significativa del saber y si los conocimientos son como las piedras, es decir, fríos y duros, entonces la palabra es la gota interminable que golpea en silencio y a cada instante la mente humana que va a aprender.

¿Calidad o excelencia universitaria?

En el debate público sobre la educación universitaria y secundaria en Chile, ha venido pasando como contrabando conceptual e ideológico el concepto de calidad.  Se habla entonces, con frecuencia con demasiada liviandad, de calidad universitaria como si la educación superior pudiera asemejarse a la calidad y como si la educación univeritaria y los procesos académicos pudieran compararse con productos o servicios industriales y económicos.  Un extensa bibliografía ha logrado construir a lo largo de un siglo una amplia tipología de la calidad, aplicada a los más diversos procesos productivos y de servicios, al interior de una estructura industrial y de una economía de mercado.

ALGUNAS INTERROGACIONES SOBRE LA CALIDAD

La calidad aparece y tiene su orígen como un concepto proveniente desde el campo discplinario de la administración de empresas.  La apropiación cultural del concepto de calidad, ha sido un proceso paulatino, progresivo y expansivo, desde EEUU y Japón inicialmente acerca de la gestión de las empresas y corporaciones, hacia otros campos del desempeño productivo.

Una pregunta estratégica que debiera estar presente en este debate, es saber si el complejo problema educacional universitario y el mejoramiento de los procesos académicos a las que aluden las demandas estudiantiles y ciudadanas en el Chile de hoy, pasa por las diferencias existentes entre la noción de calidad o la noción de excelencia. 

Creemos que debemos cuestionarnos la noción de calidad con la que se pretende analizar el proceso académico en una universidad.

¿El proceso académico que tiene lugar al interior de una universidad, es un proceso productivo, industrial?  ¿Los profesores y académicos son acaso individuos productores o factores productivos dentro de una usina y, por lo tanto, los alumnos universitarios son clientes de un mercado?  ¿Un alumno universitario egresado con altas calificaciones es un “producto de buena calidad”? ¿Un alumno universitario que se conforma con las notas mínimas para aprobar (4.0), sería entonces un “producto de mala calidad”?   ¿La sala de clases o el aula es una unidad productiva dentro de una industria?  ¿Cómo podrían medirse los niveles de rendimiento de una asignatura universitaria, el aprendizaje de un alumno o los efectos multiplicadores de un proyecto de investigación desde el punto de vista de su productividad?  ¿Bastaría con una serie de mediciones cuantitativas?  ¿Una asignatura de Etica Profesional… es productiva?

Debajo del concepto de calidad, subyace un fundamento ideológico definido.

Solo una poderosa matriz ideológica economicista y neoliberal, ha logrado hacer pasar este  sutil y formidable “contrabando ideológico” proveniente de las entrañas del capitalismo industrial estadounidense (Taylor, Ford, Edwards, Shewhart, Deming, Pearson) y japonés (Koyanagi, Ishikawa, Misuno, Asaka), a principios del siglo XX, que tiene por  contenido principal y propósito la fijación y la aplicación de un conjunto de estándares de administración, de recursos y tecnología que mejoren el proceso productivo y sus resultados o productos.

¿Es posible introducir coherentemente los criterios y estándares de la calidad productiva, a los procesos académicos y universitarios en los cuales el contenido principal son la producción, investigación y transmisión de conocimientos?

¿Son siempre completamente medibles y cuantificables las dimensiones cualitativas del proceso educativo universitario: la motivación, la voluntad y las ganas de aprender, la perseverancia, la lealtad, la probidad, la resiliencia…?

EXCELENCIA ACADÉMICA

En cambio, el concepto de excelencia universitaria, traduce una concepción efectivamente académica del proceso educativo dentro de una casa de estudios superiores, que supone el establecimiento de estándares crecientes de exigencias en el aprendizaje y en el conjunto del proceso de la enseñanza. 

 Hay que subrayar esta noción: la educación no es un acto único, no es un hecho que sucede en un espacio social o cultural fijo, único y determinado: la educación -desde una perspectiva sociológica- es un proceso, es una secuencia compleja de acciones que ponen en movimiento a un conjunto de estructuras y sistemas, de manera que lo que ocurre, por ejemplo, dentro del aula, es a la vez el resultado y el punto de partida del funcionamiento complejo de una estructura académica, administrativa, financiera, logística y tecnológica que sustenta la acción pedagógica que ocurre en la sala de clases.

 La excelencia educacional universitaria ha sido definida mediante el concepto según el cual:  “…en relación con el educando individual, excelencia significa un desempeño realizado al máximo de la habilidad individual en modos que ponen a prueba los límites máximos personales en las escuelas y en el lugar de trabajo. En relación con las instituciones educativas, excelencia caracteriza a la universidad que establece altas o ambiciosas expectativas y metas para todos los educandos y luego trata en toda forma posible de ayudar a los estudiantes a alcanzarlas.” (National Comission on Excellence in Education. A Nation at Risk: The imperative for Education Reform. EEUU, Washington, 1983. The Cronicle for Higher Education).

Nos parece relevante poner el acento en el concepto de “poner a prueba los límites máximos personales” del alumno, que propone esta definición: ello significa que el alumno debe sentir, entender y asumir que el esfuerzo que se le va a exigir para que aprenda, que los recursos intelectuales que el profesor va a poner en juego en la sala de clases y en todo el proceso de aprendizaje, y que los estándares de exigencia y de evaluación que va a construir y aplicar la universidad, están dirigidos a “poner a prueba los límites  máximos personales” del estudiante, y no se debiera aceptar la medianía, la mediocridad, la copia o el mínimo esfuerzo posible.

Si queremos calidad, debemos rendir el máximo y la máxima calidad posible; y si queremos excelencia, debemos ser excelentes en la enseñanza, por un lado, y en el aprendizaje, por otro lado.  Así, la “regla de oro” de la excelencia académica podría ser que solo alumnos excelentes merecen profesores excelentes, y solo excelentes profesores merecen excelentes alumnos.  Pero ni la calidad ni la excelencia son criterios de discriminación, sino que de inclusión positiva exigente.

La Declaración Mundial de la UNESCO sobre la educación superior, de 1998, propone como misión de la universidad:

“a) formar diplomados altamente cualificados y ciudadanos responsables, capaces de atender a las necesidades de todos los aspectos de la actividad humana, ofreciéndoles cualificaciones que estén a la altura de los tiempos modernos, comprendida la capacitación profesional, en las que se combinen los conocimientos teóricos y prácticos de alto nivel mediante cursos y programas que estén constantemente adaptados a las necesidades presentes y futuras de la sociedad;

b) constituir un espacio abierto para la formación superior que propicie el aprendizaje permanente, brindando una óptima gama de opciones y la posibilidad de entrar y salir fácilmente del sistema, así como oportunidades de realización individual y movilidad social con el fin de formar ciudadanos que participen activamente en la sociedad y estén abiertos al mundo, y para promover el fortalecimiento de las capacidades endógenas y la consolidación en un marco de justicia de los derechos humanos, el desarrollo sostenible la democracia y la paz;

c) promover, generar y difundir conocimientos por medio de la investigación y, como parte de los servicios que ha de prestar a la comunidad, proporcionar las competencias técnicas adecuadas para contribuir al desarrollo cultural, social y económico de las sociedades, fomentando y desarrollando la investigación científica y tecnológica a la par que la investigación en el campo de las ciencias sociales, las humanidades y las artes creativas;

d) contribuir a comprender, interpretar, preservar, reforzar, fomentar y difundir las culturas nacionales y regionales, internacionales e históricas, en un contexto de pluralismo y diversidad cultural;

e) contribuir a proteger y consolidar los valores de la sociedad, velando por inculcar en los jóvenes los valores en que reposa la ciudadanía democrática y proporcionando perspectivas críticas y objetivas a fin de propiciar el debate sobre las opciones estratégicas y el fortalecimiento de enfoques humanistas;

f) contribuir al desarrollo y la mejora de la educación en todos los niveles, en particular mediante la capacitación del personal docente.” (UNESCO, La educación superior en el siglo xxi, visión y acción, Paris, 1998).

Un concepto de excelencia académica supone, por lo tanto, la aplicación de los más altos niveles de exigencia y estándares hacia todos los actores que intervienen en el proceso educativo universitario, desde el aula hasta la sala de exámenes, desde la teoría hasta las prácticas: exigencia y rigor para que los alumnos aprendan cada vez más y mejor, exigencia y rigor para que los profesores enseñen, exigencia y rigor para que los procesos académicos y administrativos sean conocidos y funcionen.

No es posible entender por lo tanto la excelencia sólo como una práctica docente (es decir, relativa a la función educadora de los profesores y docentes), sino tambien como un conjunto de exigencias a las que debe someterse el estudiante para probar su aprendizaje y para demostrar que merece ser promovido.  La excelencia académica en la universidad, es un atributo exigible a todos los que concurren al “acto educativo”, tanto directa como indirectamente:  alumnos, profesores, administrativos y directivos, siempre entendiendo que “yo exijo, porque me exijo“.

Manuel Luis Rodríguez U.

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Para saber más:

HISTORIA DEL CONCEPTO DE CALIDAD

concepto calidad educación universitaria

Calidad de los informativos y calidad de la televisión

La cuestión de la calidad de los informativos de los grandes canales de la televisión nacional, ha venido surgiendo y reapareciendo con frecuencia en el debate público en el país, tanto por la percepción que tienen los ciudadanos-espectadores respecto de los contenidos, como de la opinión expresada por actores relevantes de la opinión pública acerca de su calidad.

Pero, ¿qué es calidad de los informativos en la televisión? ¿Cuáles son los criterios mediante los cuales se puede medir la calidad de un informativo televisivo?  Ciertamente, esos criterios deben relacionarse con las condiciones culturales de los públicos y con la orientación editorial de los propios medios donde tienen lugar los informativos.

En la literatura científica y especializada, los criterios principales -aunque no los únicos- para determinar la calidad de un informativo de la televisión, responderían a las siguientes cuatro preguntas:

¿Qué tipo de información sobre su entorno se le da al espectador?

¿Existe pluralidad de voces y de versiones se presentan en cada noticia? 

¿La información es comprensible para el espectador? -

¿Existe separación clara en cada noticia entre información, publicidad y propaganda?

Manuel Luis Rodríguez U.

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Para saber más:

CRITERIOS EVALUACION CALIDAD INFORMATIVOS TELEVISION

EL TELEESPECTADOR CRITICO

ESTANDARES DE CALIDAD EN TELEVISION Y SU VALORACION

El tiempo como espiral que gira

La tradición judeo-cristiana que llegó mediante la colonización hispana a América Latina, instaló en nuestras mentes, en nuestra cotidianeidad y en nuestros subsconscientes, la idea del tiempo que se instala en la realidad como una línea contínua que transcurre desde el pasado, pasando por el presente y siguiendo hacia el futuro.  Es probable que la linealidad del tiempo judeo-cristiano esté asociada a la búsqueda existencial de certezas y a la necesidad imperiosa de control del ser humano sobre los procesos naturales e históricos.

Existen sin embargo otras tradiciones y visiones del tiempo, asociadas a cada cultura, a cada cosmovisión.

El paradigma del tiempo como una espiral que gira constantemente, hace alusión, en cambio, a la idea que los ciclos naturales se repiten ad-infinitum.

Al relativizarse la noción predominante del tiempo, nos vemos inclinados a pensar que el tiempo es un constructo, un constructo social y cultural, un constructo mental históricamente determinado.

Pero, ¿cuántas formas de tiempo existen?  Desde el tiempo cronológico hasta el tiempo secular, encontramos también el tiempo mental, como reloj crono-biológico y psicológico.

(ensayo en construcción)

… …

Manuel Luis Rodríguez U.

Elogio de la razón en tiempos de indignación

La indignación sucede como una forma de toma de conciencia, es el segundo momento después que el individuo sometido comprende que está no solamente en una cúspide de una oleada de movimientos ciudadanos, sociales y culturales de protesta, sino que asiste a la exteriorización de una conciencia crítica frente a un sistema que opera como una gigantesca y compleja maquinaria de fabricación de desigualdades, de un enorme sistema que funciona sobre la base de la asimetría como realidad irreemplazable, del lucro como forma legítima de aprovechamiento y del dinero como recurso desigualador.

En el centro de esta época indignada, está la razón, está el ejercicio constante y perseverante de la razón como expresión de la conciencia humana, como manera de ver y de comprender el mundo, pero sobre todo, como manera de pensar que el mundo es posible cambiarlo.  No hay razón indignada si no hay razón del futuro, si no hay razón para el cambio, con toda la fuerza del sentimiento y con toda la intensidad de la pasión.

La razón entonces es hoy toma de conciencia, condición reflexiva y dialogante para tomar conciencia, para conocer, para saber, para pensar la realidad y para cambiar la realidad.  La razón crítica cuestiona y apunta a la razón del cambio, porque solo el cambio transforma la razón y realiza la crítica.  MLR

Violencia y educación en el siglo de la globalización

La educación es uno de los tópicos centrales del debate en el espacio público actual, en la sociedad contemporánea.   No es un tema que tensiona solamente a la sociedad chilena, sino que abarca  a todos los países donde ha predominado un modo neoliberal de desarrollo.  Y este debate presenta distintas aristas o puntos de enfoque, según los intereses de los interlocutores del debate o según la agenda en discusión.

Este ensayo presenta un análisis sociológico y politológico acerca de la relación entre violencia y educación en la sociedad actual, como contribución intelectual y ponencia al seminario “Educación y violencia” organizado por el colectivo ALE (Acción Libertaria Estudiantil)  dela Universidad de Magallanes.

VIOLENCIA Y EDUCACION EN EL SIGLO DE LA GLOBALIZACIÓN

¿Mayo de 1968 o la “primavera chilena”?

En una conferencia ante el colectivo estudiantil (Acción Libertaria Estudiantil A.L.E.) de la UMAG me preguntaban los estudiantes por las similitudes y diferencias existentes entre las manifestaciones estudiantiles de mayo del 68 y la actual “primavera chilena”. 

 Y les señalaba que la principal diferencia –aunque no la única- entre ambos momentos sociales históricos era el profundo conflicto generacional entre jóvenes y adultos que se dio en aquella época, cuando los jóvenes (cientos de miles y acaso millones de jóvenes rebeldes) nos fuimos del hogar familiar, rompiendo casi completamente con la figura paterna, con la dominación hogareña, con la dependencia con nuestros mayores, y buscando por nuestros propios caminos nuestra autonomía y libertad.  En los años 60 el conflicto generacional –desencadenado por la cultura hippie- se convirtió en conflicto político y antisistémico.

Mayo del 68, como metáfora y como acción colectiva de ruptura y crítica social, política y cultural con el capitalismo (Francia, EE.UU., Europa Occidental, América Latina…) y el comunismo de la época (Checoeslovaquia), no se repite ni aparece en el presente en la revolución de los indignados, donde la crítica al capitalismo globalizado se acompaña con prácticas de integración dentro del sistema.  Pero, además, la revuelta hippie de los sesenta significó también los inicios de la liberación femenina, de los movimientos ecologistas y pacifistas y de un profundo cambio cultural de larga duración cuyos efectos nos llegan al presente, como ecos lejanos.

 Hoy en cambio los jóvenes, es decir, la generación de los 18-25, parecen no estar dispuestos a emanciparse de sus padres ni viven en conflicto generacional con la generación adulta anterior: su conflicto principal, siendo cada vez más un conflicto político e ideológico, es con el sistema educacional y con el sistema laboral.  Hoy día los jóvenes critican justamente el sistema de dominación, pero la mayoría lucha para integrarse en el sistema, no para cambiarlo.

MLR

Democracia, ciudadanía y regionalización

 Desde los orígenes de la Repúblicay desde la formación de los territorios extremos de la nación en la segunda mitad del siglo xix, la demanda regionalista forma parte del patrimonio político y cultural de ciudades y localidades que se vieron enfrentados históricamente a un paradigma centralista.

 En los inicios del siglo xxi y en medio de una profunda transformación sociocultural producto de la globalización de los intercambios, el sentimiento regionalista y la demanda de regionalización, descentralización y desconcentración se han instalado en la agenda política, como una de las tareas políticas e institucionales estratégicas pendientes para Chile.

 El problema político, cultural e institucional crucial que aqueja hoy al Estado de Chile, sigue siendo el de la creciente polaridad territorial, desigualdad socio-económica y asimetría administrativa y política entre  una capital macrocefálica y un conjunto desigual de regiones y comunas que no alcanzan los niveles de desarrollo y crecimiento.

 La modernidad opera en el territorio nacional como una serie de oleadas sucesivas de progreso material que van llegando a las regiones y comunas mas alejadas, como ideas, significados, avances, proyectos y progresos repetidos que copian patrones culturales y de gestión probados en el centro capitalino del territorio.

 Al mismo tiempo, la asimetría “centro-periferia” se repite al interior de las regiones del país, donde la capital regional tiende a absorber población, recursos, inversiones e iniciativas, en desmedro de las comunas rurales y los territorios apartados.

 Al centralismo territorial se añade la ausencia de la sociedad civil dentro del aparato del Estado.  Chile experimenta un vacío existencial en su sistema político: las instituciones del orden político vigente han sido creadas como si la ciudadanía organizada no existiera o estuviera constituida por menores de edad cívicos y si se otorgan espacios de discusión y de diálogo, éstos resultan más por una concesión graciosa de la autoridad o el resultado forzado de la presión social y ciudadana. 

 El aparato estatal y administrativo chileno está concebido como un enorme edificio institucional en el que la participación es ocasional y marginal, porque la ciudadanía no tiene ningún espacio para intervenir en los procesos de toma de decisiones.

 El concepto de participación que predomina en el orden político chileno actual es el de informar a la ciudadanía de las decisiones tomadas por los que están en el poder, sin que los ciudadanos tengan oportunidad de tomar parte en la toma de decisiones de los asuntos públicos que le conciernen.  A los ciudadanos se les pregunta si desean pavimentar sus veredas, pero no se les pregunta el tipo de sistema educacional o el modelo de Constitución por el que prefieren regirse.

 Chile adolece de un centralismo administrativo y político –del cual las regiones extremas son víctimas preferenciales- pero también sufre de un centralismo corporativo, donde las empresas prefieren instalar sus casas matrices en la capital del país.

 Los desafíos futuros de la regionalización en Chile, como en muchos otros Estados latinoamericanos, dependen tanto del fortalecimiento de las atribuciones, facultades y recursos a disposición de gobiernos regionales y locales fuertes, como de la transformación de la descentralización en un componente político de las instituciones, mediante la más amplia participación ciudadana a la hora de la toma de decisiones.  Se trata de democratizar las regiones (asambleas, consultas, elegibilidad y revocabilidad de las autoridades, plebiscitos) y de regionalizar la democracia (servicios públicos regionales, impuestos regionales…).

Manuel Luis Rodríguez U.

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